hoy la pena ha de ser amarilla
tanto como las estrellas viejas
o los otoños que palidecen
sin presunción de inocencia.
la sangre cabalga en mis oídos,
recreo Hiroshima en mi corazón.
me vacié
ya nadie canta
mis latidos son los de un perro abandonado que apenas ladra
y anida en mí el jardinero de las plantas que no florecen
y llevan dentro de sí, escondida, la luz de aquellas flores.
me despreciaré por la mañana.
