Soy un arma más mortífera
que la súbita luz que preludia la explosión,
el instinto criminal que te besa en la boca
y el rastro -lúbrico- de tus serpientes al completar su acrobacia.
Corre tu cáliz letal por los surcos de mi espalda,
y ascienden cenizas de un pozo amargo,
de un triste 'white hole' en cuyo fondo
nos contemplan estatuas con heridas de metralla.
Ahora tendría que elegir cuatro o cinco palabras.
Ahora tendría que darte mi sangre,
vivir en tu fiebre, ser tu transfusión,
la noche que arranqué la brida a tu caballo,
la noche que asumí que me sobrevives.
