
Cientocincuenta invitados, y allí estábamos los cuatro, en nuestra endogamia simbólica al margen del resto. En nuestro deslugar, cultivando la zanja adentro del pecho: lo de siempre... La de las flores robadas me acusó de estar borracho cuando le expliqué que había decidido no querer a nadie si no podía quererla a ella. Hasta que alcancé la barra apenas me mantuve en pie. Hoy sé que la quiero más fuerte, con menos infancia, acaso con un poco más de calma... A la que está despistada, le "concluimos" que debía "dar palo" porque las bolas de tenis cuanto más duro se golpean con mayor fuerza regresan (?¿?). No haría daño a una mosca y le pedimos que las mate a cañonazos. Le insisto en que es fabuloso volver a emocionarse, y no ya por los demás (mi última ilusión caducó en unas diez horas), sino por uno mismo, por volver a sentirse cándidamente idiota... Y, por fin, la novia. Sin ramo, diadema, ni nada nuevo, ni viejo, azul, ni prestado. A la mañana siguiente ni tan siquiera recordaba dónde había puesto el anillo. El supuesto día más feliz de su vida no se cansó de recodarme que soy un ingrato. Y no le falta razón. Han pasado siete años. Lo que quiera que sea que nos ha unido, no lo separe nadie.