domingo, septiembre 17, 2006

Su centro exacto

Allí, detrás de tus años, hay un jardín. Lo sé porque soy la flor que te mira desde su centro exacto. Allí murmuras nombres de mujeres que no me nombran. Mi nombre está en el tajo que te divide en dos. Mi nombre es cuchillo, no perverso pero sí necesario. Al fin, la flor y el cuchillo, el vientre y la mortaja. La matriz y la sombra.
(Ana Prieto Nadal)

domingo, septiembre 10, 2006

La boda

Cientocincuenta invitados, y allí estábamos los cuatro, en nuestra endogamia simbólica al margen del resto. En nuestro deslugar, cultivando la zanja adentro del pecho: lo de siempre... La de las flores robadas me acusó de estar borracho cuando le expliqué que había decidido no querer a nadie si no podía quererla a ella. Hasta que alcancé la barra apenas me mantuve en pie. Hoy sé que la quiero más fuerte, con menos infancia, acaso con un poco más de calma... A la que está despistada, le "concluimos" que debía "dar palo" porque las bolas de tenis cuanto más duro se golpean con mayor fuerza regresan (?¿?). No haría daño a una mosca y le pedimos que las mate a cañonazos. Le insisto en que es fabuloso volver a emocionarse, y no ya por los demás (mi última ilusión caducó en unas diez horas), sino por uno mismo, por volver a sentirse cándidamente idiota... Y, por fin, la novia. Sin ramo, diadema, ni nada nuevo, ni viejo, azul, ni prestado. A la mañana siguiente ni tan siquiera recordaba dónde había puesto el anillo. El supuesto día más feliz de su vida no se cansó de recodarme que soy un ingrato. Y no le falta razón. Han pasado siete años. Lo que quiera que sea que nos ha unido, no lo separe nadie.

martes, septiembre 05, 2006

Deberes

Regreso y, como de costumbre, el cuaderno me mira desafiante retándome a encorsetar todo lo inabarcable. El inventario de historias acusa su huerfandad y sólo hay abrigo para un puñado de recuerdos que aguardan inquietos en el disparedero. Vuelvo de un viaje de intensos retratos, de un horizonte asfixiado y de una verdad inconsistente, fluctuante, precintada con una lámina de agua. De su espejo -fluctuante, inconsistente- emerge un listado de deberes trufado de flechas y atajos como un manual de instrucciones. Debo cariño, destierro, tiempos muertos; debo reflexión, debo sonrisas y algunos cafés que habré de tomar sin azúcar como la amistad se practica sin sexo o las termitas pulen las rígidas aristas de la soledad. Debo kilos de olvido.
A mí me debo el esfuerzo. El valor de bajar guardias, defensas, y ver que no me desmembro aunque esté lleno de huecos por dentro. Me debo una nueva emoción. Me debo que no me déis miedo.