Cortas las miras
Regresa, de pronto, la ambivalente sensación que alimenta el sueño y provoca, también, nuestras más torpes caídas. Será la imprudencia de esperar siempre más, de nunca saciarse, de creer que merecemos lo que aún está por llegar. Será, acaso, que nos negamos a admitir cómo vida sucumbe a la grisalla que se extiende sin remedio hasta donde alcanza la mirada. Porque hay quienes tienen el mundo en la palma de la mano y lo doblan, lo reducen, lo pliegan a su medida, a su pequeña medida: breves los sueños, cortas las miras.
También pequeña ha de ser la forma de medir mi inmadurez, por el número de huidas infinitas, por el íntimo deseo de marcharme, de no estar. Hoy, buscando la puerta falsa de otro laberinto, no quiero renunciar a la huida porque -y te doy la vuelta, Iván- hay que tener valor para quedarse pero también para marcharse. A veces, cuando algo encaja es justo cuando todo empieza a fallar: se acaba la búsqueda, se educa la impaciencia, y los días oprimen y pesan.
Entonces, "la vida era otra cosa". Y era algo así como tomar de tu mano aquel mundo y llenarlo de flores, paisajes, postales... De viajes que empiezan en ti y acaban en mí. Algo así era.
